AMOR SE ESCRIBE CON Z AL PRINCIPIO Y CON A AL FINAL

...........................................homenaje a Zamora

Hostal La Juventud. Las 23 horas y pico. Antes de la muerte cotidiana (el sueño), converso brevemente con el recepcionista, un hombre no muy guapo, delgado como el cuello de un cisne, en el que intuyo una polla descomunal, seguramente del tamaño del odio que un violinista adiestrado en Johann Strauss (hijo) profesa al puto reggaetón. El diálogo que improvisamos galopa por la noche sin la más mínima trascendencia. Hasta que, hablando de orígenes, urbes y otras mierdas, sentencia convencido: Zamora es la mejor ciudad del mundo. Joder con el murciélago. Menudo endecasílabo se ha sacado del ala. Se graba a fuego (y agua y aire y tierra) en mi corazón. Nos despedimos. Sin lágrimas. De camino a mis rosas insomnes y a mis helicópteros, me pregunto por qué: ¿Por qué cojones Zamora es la mejor ciudad del mundo? Metamísticamente, ipso facto, agraciado hippie que vomita hierba por el culo, doy con la respuesta.


La palabra Zamora, qué maravilla, encierra en sí, letra a letra, íntegramente, igual que un coño sagrado, la palabra amor (Z-amor-a). La palabra Zamora, qué maravilla, pues, por lo pronto, iguala en lluvias, stripteases espirituales y cafés sin cuchillo a la palabra Roma (leída al revés -clásico ejemplo-: amor). Roma-nticismo puro. Zamora-nticismo duro. Pero he aquí que la palabra Zamora, qué maravilla, filológicamente, avestruz que entierra la cabeza en las nubes, en un prodigio de cólera, se erige indiscutiblemente en la capital del EROS: su letra inicial es la Z (última de nuestro alfabeto: Z-amora) y su letra final es la A (primera de nuestro alfabeto: Zamor-a). ¡Idioma cabrón y mágico! La palabra Zamora, qué maravilla, está habitada por la palabra amor y ésta, a su vez, amurallada insuperablemente por las letras última y primera del abecedario, esto es, en potencia, por la Poesía (con mayúscula, por favor), y además, en este orden, última-primera, el orden inverso al esperado, como todos los actos tocados, penetrados y eyaculados brutalmente por la flecha-falo de Cupido.


Desde hoy (desde siempre, por los siglos de los siglos), no cabe duda, Zamora es la meca de los enamorados: visita obligada al menos una vez en la vida para quienes se pierden verdaderamente por los huesos (con carne, mucha carne: la belleza huye de los herbívoros) de su pareja. Tras este último razonamiento, cumplo con el ritual saludable y eléctrico de siempre y me sacudo una señora paja, más propia de un búfalo que de un filósofo amateur. ¡Ay, qué sería de mí sin la blancura! Dos mugidos después, me acurruco en la cama. Apago la luz. La luna es una bola de billar que rueda por la calle, martilleando la carrocería húmeda y sin ranas de los coches. ¡He dicho que apago la luz, coño! ¡Cerebro, desconecta! ¡No toques más los huevos! Ríndete por hoy. Aprende de las piedras y descansa. Multiplícate por cero. Ya te has masturbado. ¿Qué más quieres? En fin. Zamora, cosa de dos. Y yo aquí solo. ¡Solo! Sin poder follar. Y, para colmo, con el colchón entero para servidor de nadie, sin poder dormir. ¡Sin poder follar! ¡Y sin poder dormir! ¡Me cago en las ovejas, tú!

1 comentario:

* Eleanor Dalí ! * dijo...

Tendré que pasar alguna vez por Zamora *

Un beso o 2 !